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martes, 26 de noviembre de 2013

Por la noche


El sol, como una estrella fugaz, ha caído hace rato entre las sombras. Las nubes, en la noche oscura, se ocupan de guarecer de nuestra vista las centellas titilantes del cielo. Parece que la oscuridad gana la batalla. Sin embargo, algo aparta la bruma y la negrura nocturna, y nos infunde el coraje necesario. El frío nos hace sentir vivos de nuevo, y continuamos.

Subimos a seis patas, pero con sólo un par de botas. Hocico al suelo uno, y vista hacia arriba el otro. Los robles y los encinos, siempre juntos, son los primeros que nos dejan pasar. Luego los pinos, con sus murmullos siseantes en la ladera, suaves como la mar tranquila, nos harán compañía hasta arriba.

No hay ahora ladronzuelos gargamelinos con cestas. No huele a pólvora, ni se ven destellos entre los arbustos. Ni si quiera los pajarillos se agitan, ocupados en no perder ni una miaja del calor y el sueño que tanto les ha costado ganar. La noche es nuestra y, paso a paso, el disco blanco, entre las nubes ahora tenues, nos muestra el camino, ya conocido, hasta que llegamos a la cima.

La ermita ha abierto sus puertas a la calma, que habita entre sus paredes de piedra a la luz de algunos mediodías concurridos. Con el hocico pegado al suelo mi sombra sigue buscando y rebuscando, dando vueltas de aquí para allá. Yo subo los peldaños, y sé que en ese instante no me quita ojo; no le gusta demasiado verme subir tan alto. Quizás me lee la mente, y sabe que, a veces, como el Principito, me gustaría saltar a mi asteroide, a cuidar de los baobabs, y de alguna rosa. Pero esta noche la luna vigila, y no puedo dar ese paso.

En cualquier caso, no me hace falta ir más lejos. No a mí. La vista es maravillosa. Aunque no pueda reflejarse bien en mi cámara, quizás se invente el artilugio que lo pueda extraer de mi recuerdo. El cielo oscuro de allá afuera, libre por un instante de vapor, está oculto por un reflejo blanco azulado, que abarca todo lo que se ve: al norte las montañas firmes y erguidas; al este, a lo lejos, más allá de muchos valles, cumbres más altas resplandecen, aunque hoy no las puedo ver, mas las añoro; al sur, tierra cada vez más conocida, grupitos de luciérnagas anaranjadas yacen sobre terreno llano, Guerinda entre medio, y los amigos de Don Quijote saludando, con la nariz roja.

Y al salvaje y lejano oeste, que veré al bajar (los pinos me ocultan ahora el bosque), por el camino que tiene esta luna generosa que recorrer, resplandecen las mil luces de Pueyo, guardando los caminos, como un pequeño faro hundido entre un mar de olas verdes, ahora negras. Cuento tres gigantes resfriados y más puntitos naranjas en la capital valdorbesa, y otras más allá, más lejos, casi bañados por el Arga.

Pero no puedo quedarme mucho. En lugar de olisquear, ahora me llaman con aullidos quejosos. Me despido de todos, y bajo a la tierra, donde las boas no comen elefantes, y son sombreros. Sí, sí, ya estoy aquí. Le remuevo el flequillo con la mano, sobre sus ojillos marrones. Respiro esa calma una vez más, y decidimos descender. Aunque no se distingue, el disco blanco posa un momento; un posado entre ramas de pino, pero la cámara no está atenta y no lo ve bien.


Tras el paseo, llego a casa, y el fuego de los que nacieron en esos bosques me devuelve lo que el aire gélido no me ha dado hoy. Al calor del hogar, recuerdo cómo ha empezado el día. Con la misma luna, pero en otro ambiente. Carretera, no muy lejos de allí, hacia calles de otro tiempo, en los altos, estrechas, cerradas y frías. El termómetro tirado por los suelos, puede que más que durante la caminata, nos mantenía despiertos. Pero el asfalto triste y gris era igual de poético que la quietud forestal bajo esa luna que, por encargo del sol, nos aleja las tinieblas.


Y sin embargo, lírica a parte, la noche es poesía, pero no deja de ser peligrosa. Aunque, como el despertar con aire frío en la cara, la vida se siente mejor cuando eres más consciente de que, entre otras vidas, sólo eres una más. Otro puntito bañado por la luna blanca y misteriosa, por la oscuridad del mar en el que no ves el fondo, o por el cielo color azabache.

viernes, 24 de agosto de 2012

Recuerdos

Aunque en ocasiones estemos lejos de ese rincón del mundo tan querido por algunos de nosotros, hay cosas que nos hacen recordar de dónde venimos, y hacernos pensar a dónde vamos.

Después de sumirme en hora y pico de baño testosterónico en forma de película yanki de tiros, de buenos y malos absolutos, gracias a este vídeo he recordado un bosque donde yo también jugaba; he recordado Orísoain.

La canción es hermosa, y el vídeo también. Disfrutadlo, si queréis.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Adiós, compañero

Con la venia del administrador...

Aunque me cueste mil demonios y algo de agua en los ojos hacer bajar cada tecla, necesitaba ponerlo en algún sitio.

Necesitaba decir que en cada lugar que visito te imagino olisqueando, metiendo el morro y poniéndolo todo tibio de babas y pelos, buscando con tus vivos ojillos marrones y tu olfato curioso y ágil algo interesante para comer o con lo que pasar el rato. Cuando veo a alguien impecablemente vestio te pinto a su lado como cuando salías, mojado y lleno del barro de los charcos, dispuesto a sacudirte donde querías.

Necesitaba decir que, a cada puerta que abro, te recuerdo en casa rascando para poder entrar, o salir disparado hacia la hierba, al oír las cortinillas o el pestillo, y rememoro tus saltos al pedir comida, pasear o sólo para jugar. Y que, cuando subo al coche, recuerdo cuánta afición le tenías, ojeando a conciencia el veloz exterior, con el hocico tan pegado a la ventanilla como las piedras al suelo.

Tenía que escribir, aunque los árboles intenten ocultarlo, que oigo el eco de mis pasos solitarios por los bosques, que se han separado para siempre de los tuyos. Que, después de once años y medio, no puedo evitar sentirme cojo, ciego y sordo en el monte; y que el camino lo hacía al andar, pero contigo al costado, siempre buscando algo que nunca encontrabas.

Que ahora sólo te busco a ti y no te veo, no te encuentro... Llamo y silbo, y no vienes.

Y que te quería como a un hermano, y que si existía una persona en el mundo en la que confiaba, ésa eras tú. Que recuerdo el olor a tu pelaje marrón y negro, a perro fiel y sufrido, y que me resulta difícil andar sin mi leal compañero de aventuras.

Que me cuesta ver tu collar vacío...

No engaño a nadie si digo que nunca me había sentido tan solo...

Descansa en paz, amigo.

Adiós, Beltza.


Beltza (Noáin, 27/03/1998 - Orísoain, 10/10/2009)

viernes, 23 de mayo de 2008

Morir con las botas puestas

Las líneas que van a seguir tampoco tienen nada que ver exactamente con ese pueblo que, creo, todos o casi todos los que solemos parar por aquí disfrutamos. Pero -con la venia del administrador- me sentía obligado a escribir esto, por tristeza, por admiración, y por respeto.


Los que, desde que tenemos uso de razón, nos hemos ido acercando progresivamente a la montaña, no podemos evitar sentirnos, para siempre, atrapados por ella. Puede que no seamos sherpas o pobladores del altiplano andino, pero en más de una ocasión no nos importaría cambiarnos de pellejo, y renunciar a nuestro mundo cómodo, de caprichos y vicios, por pasar la vida en la montaña.

La primera vez que se sube al monte muchas veces no se recuerda. Sin embargo, cuando el tiempo hace tener en el haber particular varias cimas, más o menos humildes, algunas van grabándose en la memoria como, sin duda, el mayor espectáculo, el más sagrado de los placeres que se pueden disfrutar en esta vida.

El cansancio y la pegajosa sensación de la ropa sudada, las caídas, el peso -a veces virtualmente inmenso, agotador- de las mochilas, y los pies torturados por botas poco cómodas llegan a su punto álgido cuando casi se ha llegado al final. Después, en un segundo, se desvanecen, una a una, todas las molestias.

La brisa siempre fresca de la montaña hace que todo se diluya, en ese aire poco denso que peina las briznas de hierba que, atrevidas, se asoman a la cabeza de la montaña. Si además se tiene la suerte de verse inmerso en un cielo claro y despejado, la vista del paisaje, siempre maravilloso, acaba por evaporar cualquier conexión que todavía se tenga con el mundo terrenal, y por un instante, más o menos dilatado, uno se siente verdaderamente en el cielo.

Dicen los montañeros más experimentados -yo los he oído-, los que se atreven con cumbres de muchos miles, que lo primero que hacen al tocar el cielo con las manos es pensar "ahora a ver cómo bajo de aquí". Yo he rehusado siempre creer en esto. Esta obligación, casi profesional, de volver abajo, siempre va después; no puedo creer que nadie ascienda sin ansiar, aunque sea por una milésima de segundo, sentir ese viento fresco en la cara, ese hálito de vida que sólo la montaña, y que sólo en la montaña, se puede sentir. Si no esperasen sentir esto, lo sé, no subirían.

La experiencia, que siempre es un grado, hace que con el paso del tiempo los intrusos que siempre somos en el monte salvaje disfrutemos, además, en la subida, y en la bajada. Con sólo pisar la ladera del monte le embarga al alpinista una sensación de placer, un sentimiento de estar en un lugar mágico, asombroso, majestuoso. Un reto, porque lo es, a la vez difícil, agotador y tremendamente satisfactorio.

Iñaki Ochoa de Olza se ha unido hace poco al cielo, allí, en el Annapurna, descansando para la eternidad en un panteón inmenso, bello y salvaje. Pamplonés él, y tafallesa Míriam García Pascual (escaladora desaparecida en 1990 en el Meru Norte), no puedo más que sentir admiración, y casi envidia, por ellos; por este final, y ser llevado allí por la montaña, luchando por alcanzar ese sueño de paz en la cumbre, con las botas puestas y el frío calado hasta los huesos.


"Las montañas no son estadios donde satisfacer nuestra ambición deportiva, sino catedrales donde practicar nuestra religión" (epitafio de Anatoli Boukreev, amigo de Iñaki Ochoa de Olza, fallecido en 1997)